Hoy, los software agropecuarios como FieldView han permitido integrar y cruzar la información agronómica y climática para facilitar el trabajo a nivel de lote y, además, llegar a prescripciones variables con gran economía de insumos y aumentos de productividad por sitio específico.
Desde los equipos del INTA destacan los logros en “ciencia de datos”, como los algoritmos de predicción de nitrógeno que validaron los técnicos de la unidad de Paraná (Entre Ríos); no solo permiten hacer monitoreo de cultivos agrícolas, sino contar con herramientas para saber cuánto nitrógeno aplicar en el trigo o el maíz.
“La tendencia es integrar todas las variables bajo un mismo sistema, una plataforma, para tener el control y adquisición de datos y cruzarlos… encontrar el famoso botón que se aprieta y hace que las cosas sucedan”, dice Vélez.
Desde su puesto en el INTA, este técnico trabaja para lograr un campo más preciso y estudia “cómo poner números índices a la variabilidad, a las anomalías”, que emergen de información satelital sobre diferentes espacios de producción, y que representan miles de kilos de diferencia en la nutrición de un cultivo.
Como docente en el Centro de Altos Estudios Espaciales formado por una alianza de la Universidad Nacional de Córdoba y la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), Vélez también maneja información sobre la prestación y evolución de los satélites en el agro.
Actualmente, con 200.000 dólares y un permiso se puede lanzar un satélite propio para observación, lo que abre la puerta a un crecimiento de mayores soluciones a través de las plataformas de tecnología agrícola, relata.
En resumen, desde los comienzos de la agricultura de precisión hasta hoy ha corrido mucha agua debajo del puente. La productividad de los sistemas se ha multiplicado. Y también sus posibilidades de ser sustentable. Todo, además, con mayor facilidad de operación. Es decir, un esquema en el que todos ganan.